El arzobispo de Douala alertaba
sobre las desapariciones forzadas, las detenciones arbitrarias, las condiciones
inhumanas y su preocupación por las mujeres y los menores en las cárceles. Kleda
cita un discurso del papa León durante su viaje apostólico a Camerún, hace 3
meses, en el que hacía una llamada a que la dignidad humana sea el pilar del
sistema penitenciario.
En su carta pastoral sobre
las condiciones carcelarias publicada a finales de junio, el arzobispo de
Douala describe cómo las cárceles sufren hacinamiento. Los presos viven en
condiciones particularmente difíciles: “Insuficiente alimentación, acceso
limitado a la atención médica, hacinamiento e infraestructura inadecuada”.
El obispo Samuel Kleda también está preocupado por la presencia, en algunos
centros penitenciarios, de mujeres, hombres y, en ocasiones, menores que
comparten los mismos espacios debido a la falta de infraestructura suficiente.
Las detenciones preventivas prolongadas también son motivo de preocupación.
El arzobispo considera
inaceptable que muchas cárceles camerunesas alberguen a más personas en espera
de juicio que condenadas. Deplora el incumplimiento de los plazos legales de
detención y reitera que toda persona detenida tiene derecho a un juicio en un
plazo razonable. Considera que esta situación contribuye a las reiteradas
violaciones de los derechos fundamentales.
Durante su viaje a Camerún,
el Papa León, invitó a las autoridades a romper las cadenas de la corrupción.
En su carta, el arzobispo de Douala muestra cómo la corrupción en el sistema
judicial y penitenciario hace que las personas más pobres sufran más en los
procesos judiciales. El arzobispo dice que «la corrupción obstaculiza el
desarrollo del país y socava la igualdad ante la ley».
El arzobispo Samuel Kleda
basa su mensaje en las enseñanzas de Cristo, e invita a los fieles a demostrar
su solidaridad con los presos. Añade: «Amar al prójimo también significa
acompañar a los presos, sin distinción ni exclusión, y reconocer en cada
persona una dignidad que nunca desaparece». El arzobispo Samuel Kleda
recuerda que, a pesar de sus delitos, su dignidad humana debe ser respetada,
invita a las familias y a los fieles a no abandonar a sus seres queridos
encarcelados. Y termina recordando que no podemos olvidarlos: «Los
juzgamos y los olvidamos, aunque siguen siendo seres humanos».
El 7 de diciembre 2019 yo escribía una reflexión sobre la situación que ya entonces
se vivía allí en Yaundé, capital de Camerún. Y hablaba sobre el caso que un
amigo llamado Max vivió en su propia carne. Max pasó 5 años en prisión sin haber hecho nada y sin ser
tan siquiera ser juzgado. También puse unas fotos del hacinamiento que allí en la cárcel
se vivía y que ilustra un poco la situación que el obispo Kleda denuncia.
Si alguno está interesado puede leer la entrada siguiente en donde describo su caso en los ecos nº 89.
https://ecosdelasabana.blogspot.com/search/label/Carceles%20camerun
PINCHA EN LA FOTO PARA VER LAS FOTOS PUBLICADAS EN EL 20219
Abajo pongo también el texto íntegro de la carta que el obispo de Douala ha escrito por si hay algún curioso.
LLAMAMIENTO
A LA CONVERSIÓN PARA HUMANIZAR
LAS
PRISIONES EN CAMERÚN
CARTA
PASTORAL SOBRE LAS CONDICIONES PENITENCIARIAS
A mis hermanos y hermanas en
Cristo, a las mujeres y hombres de buena voluntad, a las autoridades civiles,
militares y judiciales de nuestro país.
«Estuve en la cárcel y
vinisteis a verme» (Mt 25,36).
2. En el versículo bíblico que abre esta carta, Jesús se identifica con el prisionero. Al hacerlo, eleva su condición a la dignidad absoluta. Visitar al prisionero, cuidarlo y respetar su dignidad humana es un mandamiento que toca la esencia misma de nuestra fe y nuestra humanidad compartida, y que estamos obligados a observar. Este mandamiento nos invita, en conciencia, a examinar la realidad de los lugares de privación de libertad en nuestro país. Lo que vemos y oímos allí es una profunda herida para el Cuerpo de Cristo y para la sociedad camerunesa en su conjunto.
3. Esta carta pretende ser un acto de verdad y caridad pastoral, nacido no de un espíritu polémico, sino de un deber de conciencia y una compasión urgente. Su objetivo es exponer la injusticia sistémica que rodea el arresto, la detención y el encarcelamiento de muchos cameruneses. Se trata de denunciar la intolerable práctica de los secuestros y las detenciones secretas. Las detenciones, las condiciones degradantes y abusivas en las comisarías y brigadas de gendarmería, el sistema penitenciario infernal, la corrupción que asola todo el sistema judicial y los procedimientos penales, a menudo objeto de abusos. Este panorama, que dista mucho de ser exhaustivo, es lo suficientemente grave como para exigir un cambio de perspectiva y de mentalidad por parte de todos, así como una transformación de nuestras estructuras. Es con este espíritu de diálogo constructivo, pero firme en la verdad, que me dirijo a vosotros hoy.
I. Del secuestro o arresto
a la prisión: una verdadera odisea
a. La angustia del
secreto: desapariciones y detenciones arbitrarias
4. Incluso antes de
enfrentarse al problema del encarcelamiento de un ser querido, muchas familias
camerunesas experimentan una profunda angustia: la angustia de la
incertidumbre. Las personas arrestadas o secuestradas, a menudo sin orden
judicial, por agentes uniformados o de civil, desaparecen para ser retenidas en
lugares secretos. Les cortan la comunicación telefónica y borran sus huellas.
Sus familiares, aterrorizados, corren de comisaría en comisaría, de comisaría
en comisaría, de juzgado en comisaría, y con frecuencia se topan con un muro de
negación, indiferencia o amenazas. Esta práctica de detención secreta en
lugares desconocidos, a veces extraoficiales, constituye una violación absoluta
de la ley.
Deja al individuo sin protección legal, lo hace vulnerable a todo tipo de abusos e inflige una tortura psicológica prolongada a su familia. Las detenciones masivas, por su parte, suelen derivar en detenciones arbitrarias que, para algunos, se prolongan indefinidamente.
b. Comisarías y brigadas
de gendarmería: antesalas del sufrimiento
5. Para quienes se encuentran detenidos en un domicilio conocido, la terrible experiencia comienza en condiciones a menudo inhumanas. Las celdas de muchas comisarías y brigadas de gendarmería son verdaderas mazmorras que no respetan los derechos humanos. Estas celdas están superpobladas, carecen de ventilación, luz y ropa de cama. Los detenidos duermen sobre el suelo de cemento desnudo e insalubre. Solo disponen de un cubo por celda para la higiene personal. El agua potable es extremadamente escasa, al igual que la comida suficiente y de buena calidad. Con frecuencia, la detención allí supera el límite legal, prolongándose durante semanas en total ilegalidad. En estos tugurios, la salud se deteriora rápidamente y la presunción de inocencia se viola a diario. Estas condiciones, contrarias a la Constitución camerunesa y a los tratados internacionales ratificados por nuestro país, constituyen un trato cruel, inhumano y degradante, prohibido en todo momento, lugar y bajo toda circunstancia.
II. El infierno de la
prisión: Cuando el castigo se convierte en tortura adicional
6. El traslado a prisión, presentado como una «solución», suele ser simplemente un paso hacia otra forma de sufrimiento institucionalizado. Las cárceles camerunesas son trampas mortales. Las condiciones insalubres, el hacinamiento, la desnutrición, las enfermedades, los abusos, el acoso, la prostitución y la presencia de narcóticos convierten nuestras cárceles en auténticos corredores de la muerte. El hacinamiento alcanza niveles catastróficos (más del 500 % en algunas), transformando cada celda en un espacio de lucha por la supervivencia. El aire está viciado, el calor es sofocante y el hedor, nauseabundo e insoportable. Muchos reclusos padecen enfermedades oculares debido a la deficiente iluminación de las celdas, que empeora progresivamente.
7. El acceso a la atención médica es un espejismo. Las enfermerías carecen de equipamiento adecuado y el personal está sobrecargado de trabajo. Enfermedades contagiosas como la tuberculosis, la sarna y la fiebre tifoidea se propagan sin control. Los reclusos con VIH o diabetes ven cómo su estado de salud se deteriora rápidamente por la falta de tratamiento continuo. La comida, pobre en vitaminas y calorías, es insuficiente para mantener la ya debilitada salud de los presos enfermos. Su supervivencia depende del apoyo externo de sus familias o del mercado negro carcelario. Aquellos cuya enfermedad requiere traslado a un hospital no son bien recibidos ni reciben la atención adecuada, debido a la falta de fondos o a las facturas impagadas.
8. Esta realidad es aún más cruel para las personas vulnerables. Las mujeres detenidas carecen de productos básicos de higiene femenina. Algunas, encarceladas con sus bebés, ven crecer a sus hijos tras las rejas, con un futuro comprometido por la falta de condiciones propicias para su desarrollo normal. Los menores, que lógicamente deberían estar separados de los adultos y recibir el apoyo educativo adecuado, suelen quedar abandonados a su suerte, sometidos a la ley del más fuerte y a diversas formas de abuso y explotación.
III. Un sistema
pervertido: Corrupción y negación de justicia
9. Esta cadena de sufrimiento, lejos de ser exhaustiva, se alimenta y perpetua por dos males principales: la corrupción y la perversión de la justicia. En el sistema penitenciario, la corrupción fluye como el aceite en los engranajes. Comienza en el momento de la detención para evitar problemas, continúa en la celda para obtener un mínimo de comodidad —un colchón, medicamentos o una llamada telefónica— y estalla en los pasillos de los juzgados para agilizar el caso o hacerlo desaparecer. Esta economía de la miseria crea un sistema de justicia de dos niveles: uno para quienes pueden pagar; otro para los pobres que sufren plenamente la lentitud, la negligencia y la brutalidad del sistema. Corrompe a los agentes encargados de hacer cumplir la ley e infunde un profundo cinismo en toda la sociedad: la ley está en venta; los derechos de los más ricos prevalecen.
10. Al mismo tiempo, los procedimientos penales se violan con frecuencia: no se respetan los derechos de la defensa, los expedientes desaparecen del sistema judicial y las audiencias se posponen indefinidamente. La prisión preventiva, que debería ser la excepción, se convierte en la norma y se prolonga durante años, transformando a personas presuntamente inocentes en convictos de facto. Esta denegación de justicia equivale a un doble castigo: la privación de libertad y la negación del derecho a un juicio justo en un plazo razonable.
IV. Por un compromiso para
mejorar las condiciones de los presos
11. Como creyentes, no podemos conformarnos con esta situación. La Revelación nos ofrece una luz para discernir y actuar. La dignidad de la persona encarcelada no se borra por sus acciones. Permanece, pues es un don inalienable de Dios. El mandamiento divino: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Lev 19,18; Mt 22,39), se aplica también, y especialmente, a quien es rechazado.
12. La visión cristiana de la justicia no se limita a la retribución. Es restaurativa. Busca la sanación de la víctima, la conversión del culpable y la reparación del tejido social fracturado. Por lo tanto, el encarcelamiento, cuando sea necesario, debe tener un sentido: proteger a la sociedad y ofrecer al condenado un entorno donde, con respeto a su dignidad, pueda reflexionar, arrepentirse y adquirir las habilidades necesarias para una reintegración social exitosa tras su liberación; algo que dista mucho de ser el caso en las condiciones actuales.
13. La llamada en Mateo 25 es clara: nuestra salvación reside en nuestra relación concreta con «el más pequeño de estos hermanos míos», dice Jesús (Mt 25,40). La manera en que tratamos al preso es un criterio de nuestra relación con Dios. Ignorar su sufrimiento es ignorar a Cristo. Trabajar para aliviar su angustia y restaurar la justicia es servir a Cristo.
V. El compromiso de todos
con la protección de cada preso.
14. Respecto a cada preso, cada uno de nosotros debe preguntarse, como los oyentes de Juan el Bautista: «Señor, ¿qué haremos?» (Lc 3,14). «¿Y qué haremos?». Así, ante esta tragedia que toca la conciencia humana y el honor de nuestra patria, hago llamamientos concretos:
- Que el Estado ordene el fin de las desapariciones forzadas y arbitrarias, así como de la detención incomunicada. Que haga obligatorio el registro de todas las detenciones en un registro central accesible a las familias y abogados de los afectados.
- Que el Estado implemente reformas que prioricen la justicia y el respeto a la dignidad humana en las cárceles, así como leyes que promuevan penas alternativas, como el servicio comunitario para delitos menores, a fin de reducir el hacinamiento carcelario y promover la rehabilitación. En principio, un delito menor como no tener documento nacional de identidad no debería conllevar la prisión.
- Se debe aumentar el número de jueces para agilizar la tramitación de los casos y acelerar la liberación de personas inocentes, aliviando así el hacinamiento carcelario, ya que al menos el 70% de los detenidos se encuentran en espera de juicio.
- El Estado debe establecer una comisión de investigación independiente y pluralista, integrada por parlamentarios y ciudadanos, sobre todo el sistema judicial y penitenciario, con la publicación pública de sus conclusiones y la implementación de un plan de reforma vinculante.
- La autoridad competente debe dar instrucciones claras y firmes a los responsables de hacer cumplir la ley en el ámbito judicial, garantizando el estricto cumplimiento de los plazos legales para la detención policial, la prisión preventiva y las alternativas a la detención. Que los magistrados y agentes del orden público tramiten el caso de cada acusado, demandado o detenido con respeto a la dignidad humana y al código penal camerunés, con plena justicia e imparcialidad. Que no favorezcan a los poderosos sobre los indefensos, a los fuertes sobre los débiles ni a los ricos sobre los pobres. Que no condenen al inocente y absuelvan al culpable: «Cuando estés en el tribunal, no perviertas la justicia; no muestres parcialidad con el pobre ni favoritismo con el poderoso, sino juzga con justicia a tu prójimo, dice el Señor» (Levítico 19,15). Que renuncien a cualquier intento de distorsionar juicios o sentencias por dinero o tráfico de influencias. La advertencia del Señor sobre este asunto es clara: «Justificar al culpable y condenar al inocente: ¡dos cosas que el Señor aborrece!» (Proverbios 17,15). Que los abogados, que tienen la gran responsabilidad de defender causas, cumplan su misión con completa objetividad, honestidad, respeto y compromiso con la verdad. Que se distingan por su capacidad para defender los derechos de los vulnerables, a veces incluso a costa de sacrificar sus honorarios: «Haced justicia al pobre y al huérfano; “Defender la causa de los necesitados y los afligidos” (Salmo 82,3).
- Que el Estado, a través de la administración penitenciaria, salvaguarde la salud de los reclusos mejorando sus condiciones de detención, tratándolos con humanidad mediante la higiene del entorno penitenciario, proporcionándoles alimentos suficientes y de calidad adecuada, y garantizando la higiene para prevenir enfermedades. Que asegure que los reclusos enfermos reciban la atención adecuada en un entorno apropiado y por parte de personal sanitario que respete su vida y dignidad; que garantice el pago de los gastos médicos relacionados con esta atención, de acuerdo con la llamada de nuestro Señor Jesucristo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12,31).
- Que la organización, el funcionamiento y los objetivos de las prisiones se orienten hacia la producción, transformándolas en lugares donde los reclusos reciban capacitación e incluso certificaciones que les permitan fabricar productos de calidad que puedan comercializar fácilmente. De esta manera, podrán cubrir sus necesidades personales, ganarse la vida mientras están en prisión y prepararse para su reinserción social tras su liberación.
- Que el tráfico de diversas formas de drogas, debido a sus graves consecuencias para la salud y el bienestar físico de los reclusos, La capacidad mental y psicológica para valerse por sí mismos y afrontar los retos de la vida tras su liberación debe ser reprimida con toda la fuerza posible en las cárceles.
- Que los familiares de los reclusos no abandonen a sus seres queridos en prisión. Deben mantener vínculos con ellos, y estos vínculos deben reflejarse, entre otras cosas, en visitas frecuentes y no remuneradas a las cárceles y en una voluntad práctica de brindarles apoyo y asistencia genuinos.
- Que la sociedad civil y los medios de comunicación presten especial atención a la situación de los presos en nuestro país y contribuyan a mejorar sus condiciones de vida mediante la sensibilización, la información y la denuncia de los abusos judiciales que vulneran sus derechos. Asimismo, deben apoyar a sus familias, que a menudo se encuentran aisladas y estigmatizadas.
- Que los movimientos y asociaciones católicas, Justicia y Paz, Cáritas, las ONG católicas y las personas de buena voluntad presten mayor asistencia a los presos mediante la oración por magistrados, jueces, abogados, personal penitenciario y sus familias, con miras a mejorar sus condiciones de vida y su conversión.
- Que se involucren en la pastoral penitenciaria apoyando a las capellanías católicas, supervisando y acompañando a los reclusos mediante visitas periódicas, proporcionándoles alimentos y artículos de primera necesidad, asistiendo a los presos enfermos o afligidos, ofreciéndoles apoyo moral, psicológico y legal, y participando en actividades que promuevan su reinserción social. Insto encarecidamente a todos los movimientos y asociaciones a que continúen sus iniciativas y actividades en este sentido.
- Que los niños y jóvenes sean educados e introducidos en nuestras familias, escuelas y parroquias a la práctica de esta obra de misericordia: visitar y ayudar a los presos. Que padres y educadores les enseñen a evitar todo aquello que pueda llevarlos a prisión.
Esforcémonos todos por liberar a nuestros presos. Esta es la misión que el Señor nos encomendó por medio de su profeta: «liberar a los oprimidos» (Isaías 58,6).
CONCLUSIÓN
«Estuve en la cárcel, y vinisteis a verme» (Mt 25,36). Este versículo nos encomienda, invitándonos a ir a nuestros hermanos y hermanas encarcelados. Para cumplir con este deber cristiano, debemos combatir la indiferencia, el miedo y la complicidad silenciosa mediante visitas y asistencia concretas a los presos, denuncias valientes, oración constante y acciones reformistas. Puesto que cada prisionero es precioso a los ojos de Dios (cf. Is 43,4), construyamos juntos una sociedad de compasión y solidaridad activas hacia estos miembros marginados de nuestra sociedad, para que nuestro país no se convierta en un cementerio de derechos humanos ni en un lugar de irrespeto a la vida y la dignidad de los presos. Trabajemos juntos para mejorar sus condiciones de detención y su trato en nuestro país si deseamos construir una sociedad pacífica y próspera. Porque esto no puede ser posible si sus cimientos se asientan en el sufrimiento oculto, la legalización de la injusticia y la omnipresencia de la corrupción. El camino hacia la reconciliación nacional y el verdadero desarrollo pasa necesariamente por la práctica de la justicia para todos, sin excepción. Por lo tanto, hago un llamamiento ferviente y urgente, a la luz del Evangelio, a todos: convirtámonos, reformemos nuestras leyes y prácticas. Trabajemos cada uno, a su manera, para asegurar que nadie en Camerún desaparezca, sea torturado, olvidado o tratado como infrahumano simplemente por estar en manos del sistema judicial y sus mecanismos. Ayudar a los más vulnerables, a los presos, es verdaderamente acercarse a Cristo; al ayudarlos, ayudamos a Cristo mismo.
Que la Virgen María, Consoladora de los Afligidos, interceda por los presos y sus familias. Que San José, él mismo fugitivo y forastero, proteja a todos los privados de libertad. Y que el Espíritu Santo, fuente de toda justicia y paz, guíe nuestros pasos por el camino de la verdadera fraternidad. «La verdad os hará libres» (Jn 8,32).
Dado en Douala, el 29 de junio de 2026, Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, presos por su fe en Jesucristo. † Samuel KLEDA, Arzobispo de Douala

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