Domingo 22 de marzo 2026Recuerdo de los mártires
Durante 34 años,
el 24 de marzo, día en que se conmemora el asesinato del Arzobispo de San
Salvador, San Óscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980, la Iglesia ha celebrado
el Día de los Mártires Misioneros. Es un día de oración, ayuno y solidaridad
para recordar a todos los misioneros que dieron su vida para que sus hermanos y
hermanas recibieran la vida en abundancia.
Este año, la
Iglesia ha elegido como tema "Pueblo de Primavera". Los
misioneros asesinados por proclamar y dar testimonio de la luz del Evangelio
son personas de primavera. La primavera es tiempo de esperanza, de nueva
creación. Tras el invierno, cuando todo parece muerto, la primavera es una
estación en la que la vida vuelve a florecer, en la que regresa la esperanza.
Como dice el evangelista Juan: "si el grano de trigo no cae en la
tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto" (Jn
12,24). Los mártires misioneros son como granos de trigo caídos en la tierra.
Su caída no termina ahí, sino que da mucho fruto.
En nuestra familia javeriana, esperamos con alegría y compromiso la beatificación de los siervos de Dios, el padre Ottorino Maule, el padre Aldo Marchiol y la laica Catina Gubert, asesinados en Buyengero (Burundi),
junto con
los 40 seminaristas asesinados en Buta (Burundi) y el padre Michel Kayoya,
también asesinado en Burundi. Aguardamos con anhelo la beatificación de estos
testigos del Evangelio por sus hermanos y hermanas burundeses y por la
humanidad. Dieron testimonio del amor de Cristo hasta el punto de "caer en
la tierra" para ser la primavera del pueblo burundés, de la Iglesia de
Burundi y del mundo entero. Lucharon contra la injusticia social y ayudaron a
los burundeses a superar los conflictos étnicos para experimentar la
reconciliación y la fraternidad. Por su fe en Jesucristo, accedieron a derramar
su sangre para fertilizar la tierra de Burundi, para que los burundeses
pudieran experimentar el amor y la fraternidad que el Señor Jesús nos ha dado.
Por lo tanto,
sigamos encomendándonos a ellos, a su intercesión, orando por ellos y con
ellos, para que toda la humanidad experimente la fraternidad universal; para
vivir en un mundo donde los conflictos sean superados por hijos y hermanos, y
para que Cristo sea conocido y amado por todos.
Y terminamos con
estas palabras de san Óscar Arnulfo Romero: «Obviamente, estoy de acuerdo
en ceder, por el bien de la paz, en todas aquellas cosas accidentales en las
que uno puede ceder, pero no en las convicciones de fidelidad al Evangelio y a
las nuevas líneas de la Iglesia respecto a mi amado pueblo…»














