Los pequeños y los pobres son los que siempre pierden
Hola a
todas/os:
Todos hemos
sido testigos de lo que ocurrió la semana pasada en Ceuta y en la frontera que
esta ciudad tiene con la ciudad de Castillejos, Fnideq, en el norte de
Marruecos. Las imágenes no necesitaban palabras; se ha hablado de 60.000
personas o incluso más las que entraron en unas horas en la ciudad de Ceuta
ante la mirada impotente de todos: ciudadanos, fuerzas del orden, periodistas…
Después del
choc y de quedarnos sin palabras empezaron los comentarios y reacciones, las
explicaciones y búsqueda de las causas de este fenómeno que no ha podido surgir
de la nada ni por improvisación. Algunos decían que la causa de este gran éxodo
o avalancha humana era el comercio de las mafias. Otros comentaban que era la sentencia del Tribunal Supremo que limita
las devoluciones en caliente a quienes entren a nado en Ceuta y Melilla lo
que hizo que muchos jóvenes, en previsión de que la ley pudiera ser modificada,
hayan dado un paso al frente.
Todavía al día de
hoy no se sabe en verdad cual ha sido el origen de ese movimiento masivo de
personas.
El arzobispo de Tánger, Emilio
Rocha reclamaba “un pacto de sensatez” entre los políticos para
no usar la migración como “arma arrojadiza, como mercancía
de posturas ideológicas personales… pues son seres humanos e hijos De Dios”.
Descartaba que esa movilización haya sido promovida por mafias y mostraba como allí
en Marruecos “algunos sentían cómo un éxito conseguir dar el salto a
Europa”.
Uno de nuestros compañeros que vive y
trabaja en Castillejos nos enviaba este mensaje: “se ha visto mucha gente
que ha llenado la ciudad de Castillejos. Gente que también han traído desde
lejos en coches y motos queriendo pasar la frontera para entrar en Ceuta… por
la noche ha habido mucho movimiento de ambulancias, coches de policías… la
ciudad está llena de gente que deambula, todo está cerrado: tiendas y cafeterías.
Queríamos ver cómo hacer algo para ayudar a la gente que deambula sin nada,
pero nos han aconsejado que era mejor no hacer nada pues serviría para favorecer
la estancia de esta gente… vamos viendo cómo evolucionan las cosas…”.
Las iglesias de Ceuta y de la
diócesis de Cádiz han hecho colectas e intentado arrimar el hombro para ayudar
a aliviar el sufrimiento y la desesperación de estas personas que han llegado y
se han quedado con lo puesto o sin nada.
El Gobierno de Ceuta ha
cifrado los últimos datos de muertes en 88 personas. La
Asociación Marroquí de Derechos Humanos dice que los fallecimientos
podrían alcanzar las 130 personas y habla de "decenas de
desaparecidos y numerosos heridos", mientras el gobierno
marroquí solamente admite la aparición de 11 cadáveres en su territorio.
Leía un artículo de Fernando
Redondo Benito en la revista Vida Nueva que me ha parecido muy
sensato. En él hacia una reflexión sobre lo ocurrido en Ceuta, haciéndonos ver
cómo seguimos hablando e interesándonos por lo ocurrido y sus causas sin detenernos
en los cuerpos de todas estas personas que han perdido la vida. Personas que se
han arrojado al agua, que han preferido arriesgar su vida a permanecer en donde
estaban. “Nadie conocerá sus nombres. Nadie sabrá qué habían dejado
atrás”. Y nos ayuda a comprender que “la gran crisis de nuestro
tiempo no es solamente política, económica o migratoria. Es una crisis de
la mirada. Hemos dejado de contemplar personas para contemplar categorías;
hemos sustituido el rostro por la estadística… La persona queda disuelta en el
problema y, una vez transformada en problema, ya puede ser manejada sin
demasiadas incomodidades morales”.

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