Los
catequistas tienen una misión insustituible en la transmisión y profundización
de la fe.
El
ministerio laical del catequista es una vocación, es una misión. Ser catequista
significa que uno ‘es catequista’, no que ‘trabaja de catequista’. Es todo un
modo de ser, y hacen falta buenos catequistas que sean a la vez acompañantes y
pedagogos.
Hacen falta personas creativas que anuncien el Evangelio, pero que lo anuncien,
no digo con sordina pero no con bocina, sino con su vida, con mansedumbre, con
un lenguaje nuevo y abriendo caminos nuevos.
Y en tantas
diócesis, en tantos continentes, la evangelización fundamentalmente está en
manos de un catequista.
Demos las
gracias a los catequistas, a las catequistas, por el entusiasmo interior con
que viven esta misión al servicio de la Iglesia.
Recemos
juntos por los catequistas, llamados a proclamar la Palabra de Dios: para que
sean testigos de ella con valentía, con creatividad, con la fuerza del Espíritu
Santo, con alegría y con mucha paz.
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